Óscar G. San Luis

Mariona Ràfols

Alfredo Astort


El peso del vacío

Óscar G. San Luis

 Esta colección de esculturas y pinturas que presenta Mariano Navares con el título de El peso del vacío puede inclinar al espectador a contemplarla como una monografía, en la medida en que todas las piezas y todos los dibujos pintados hacen referencia a un mismo tema, que podría expresarse bajo este rótulo: Homo consumens. Pero esta primera interpretación, aun siendo adecuada, no agota todos sus significados; es más, parece dirigirse sólo al segundo término –consumens- pasando demasiado pronto por alto el primero –Homo. Conviene hacer este destacado para no conformarse con ver en estas obras una crítica del consumismo y no ver también una crítica del hombre.

Si fue el Homo erectus, el homínido que consiguió alzarse y caminar erguido, el antecesor y precursor de nuestra especie, el Homo sapiens, ¿no aparece este Homo consumens, que Navares hace anatómicamente visible por medio del arte escultórico, como una negación precisamente de esas cualidades exclusivamente humanas, a saber, la postura erguida y la capacidad de razonar? Y -siempre metafóricamente hablando- despojarse precisamente de los atributos que lo distinguen del resto del Reino animal, ¿no es una involución o, dicho con más crudeza, una degeneración? ¿No será entonces que el consumismo no sólo consume bienes, recursos naturales o mercancías de toda índole, sino que también consume hombres? Hombres que no pueden caminar erguidos porque se lo impide el peso de su carga –el peso del vacío-; hombres que no pueden pensar, alienados por el fetichismo de la mercancia ; hombres incapaces de escudriñar nuevos horizontes de evolución, o más propiamente de revolución, porque su punto de vista está ahora más bajo.

 

Los materiales que elige Navares para crear este hombre son la chatarra y otros desechos metálicos. Es, por tanto, el hierro, el metal que ha acompañado al hombre en etapas cruciales de su desarrollo económico, no ya en la Revolución Industrial, sino desde el principio, en la lejana, prehistórica, Edad de Hierro, el mismo metal que resuena, así de evocador, en este trabajo escultórico. Pero es hierro desechado, inutilizado, que conserva el aspecto de su último uso (latas, piezas de coches, materiales ferroviarios, etc.) y que, remodelado, recupera parte de su utilidad para convertirse en denuncia, en símbolo, y aun más, en obra de arte.

 

Sólo con maestría se puede doblegar el hierro para crear formas que remitan a todos estos contenidos y que, a la vez, los desborden estéticamente. La figura humana que presenta Navares, si bien renqueante,  inestable, encorvada por el peso de la carga e incluso humillada, no deja de ser marcadamente estilizada. Si no fuera por la pesada carga que soportan, esas figuras (esos hombres) serían esbeltísimas, altísimas, se erguirían con naturalidad, con ligereza, buscando su acomodo en las alturas (algunas, de hecho, superan con creces el tamaño natural). Las proporciones de los miembros de las figuras -estilizadas, sobrehumanas- chocan con su gesto -encorvado, infrahumano.

 

Pero no sólo el material elegido y la forma nos remiten a los contenidos indicados; hay un tercer elemento que los corrobora y organiza, y que va más allá de la mera figuración: la narratividad.

En efecto, estas esculturas encierran movimiento o, si no propiamente movimiento, sí la inercia de dos fuerzas contrarias buscando con dificultad el equilibrio, una estabilidad huidiza. Son esculturas, pero, paradójicamente, en absoluto estáticas. Al contemplarlas, el espectador, más que con una pose o una imagen fija, se encuentra con una escena, una secuencia, un suceso. La historia que cuentan estas figuras, con sus trazos, con sus gestos y ademanes, ya se anuncia desde el título mismo de la exposición: El peso del vacío, un vacío que no sólo hace referencia a la vaciedad de las mercancías fetichizadas, a la pura apariencia, sino también al vacío interior, un vacío que atraviesa la cabeza misma de las figuras mediante un misterioso ojo transparente. Y si seguimos a Galeno –“no es el ojo el que ve, sino el alma a través del ojo”-, ¿qué podrá ver el alma de esos hombres con sus ojos transparentes? Efectivamente, aun rodeada de múltiples cosas, no verá nada o, en todo caso y valga esta vez la redundancia, sólo visiones.

Pero Navares no sólo recurre a la figuración (pueden verse carritos de la compra, bolsas, paquetes, un televisor, un cajero automático y otros objetos reconocibles), una figuración, ya se ha dicho, estilizada; también el simbolismo está muy presente en las obras, en las que además entran en juego varios pares de contrarios, que tienen mucho que ver con esa capacidad narrativa, argumentativa o discursiva mencionada y que me conformaré con hacer notar: El equilibrio frente a la inestabilidad; el peso, que inclina hacia el suelo a las figuras, frente a su altura y esbeltez, que las eleva a los cielos; el consumismo denunciado frente a la delgadez de los cuerpos; el matiz y el detalle frente a la tosquedad de los bloques de chatarra prensada; la abundancia de mercancías frente al vacío manifiesto; la obra de arte frente al desecho mercantil.

Otro rasgo presente en toda la colección, aunque sutilmente vertido, es el humor, un humor que adopta la forma de ironía y que permite un cierto descanso ante tanta carga y un cierto distanciamiento, pero que también conmueve y mueve a compasión. Hay humor en esas Dos figuras remirándose, o en ese Carro con figura, que no al revés, o en ese Simulacro que pasea, aunque más bien parece portear, o en esa Figura con-Vencida.

Las esculturas de la colección que no soportan directamente el peso de una carga también guardan una precisa relación con la mercancía. Así, la Figura entrampada, a punto de caer en un cepo bien cotidiano, o la Figura encantada, que se relaciona con el televisor de una manera casi umbilical, hasta tal punto que tal vez sea la que acaba convirtiéndose, por rara metamorfosis u ósmosis, en la Figura en reacción. Por su parte, la también humorística Figura que parece que piensa aparece sentada precisamente sobre su propia carga, pero ¿está pensando o simplemente tomándose un respiro? Esta es la figura directamente enfrentada al Homo sapiens de nuestro juego zoológico; las demás parecen más bien enfrentadas al Homo erectus. Pero hay una más, también sin carga o sobre su carga, que es la que se enfrenta a todas las demás figuras, que es tal vez la depositaria de la esperanza: Es la Figura que abre las alas. El hombre, alzándose sobre su propia carga, literalmente sobre-poniéndose, abre los brazos en el último instante antes de lanzarse al vacío. Pero no es un suicida, ni mucho menos, porque su determinación es volar.

 

Mariano Navares es un escultor meticuloso y coherente, en el que forma y contenido son -nunca mejor dicho- una misma pieza. Su vocación artística no arrancó con la escultura; él llegó a la escultura paso a paso: Los primeros dibujos se fueron espesando con la pintura; la pintura fue tomando cuerpo hasta hacerse relieve; y cuando éste no pudo crecer más, se desprendió de la pared, bajó al suelo y se alzó en escultura. Ningún paso se ha ahorrado Navares para ser el escultor serio y perseverante que es, el escultor capaz de procesar una infinidad de desechos del consumo industrial para destilar una gotas de belleza, que le permitan al ser humano seguir su curso evolutivo, después de todo, con esperanza.

 

Hierro y Estellencs

Mariona Ràfols

 

En el silencio de nuestro valle se ha oído resonar en los últimos tiempos el metálico son del martillo contra el yunque, devolviéndonos el antiguo y olvidado canto del trabajo del hierro. Si lo sigues,  podrás conocer a Mariano Navares, artista comprometido que forja en su taller  hermosas esculturas creadas a partir de chatarra,  limaduras y virutas de hierro y todo tipo de desechos metálicos industriales y domésticos; el simbolismo de estos materiales no es inocente,  nos remite a objetos que un día tuvieron un efímero significado de plenitud para, una vez rápidamente gastados y destruidos, es decir “consumidos”, volver de nuevo a ser vacío.

Estas conmovedoras figuras humanas, con su carga inútil, de la que no consiguen deshacerse, en lucha contra el precario equilibrio que el peso que acarrean les impone, poseen una gran belleza en su estilizada forma y  en sus atribuladas posturas.

Pero,  indisoluble al placer estético, el significado se nos muestra de forma impactante.  La denuncia está ahí, en ese “homo consumens” lastrado por el peso de su propio vacío,  en el que el observador sensible y receptivo captará la intención última del artista: no podemos obviar por más tiempo la constatación de que el consumo, antes mera función económica, se ha convertido hoy en culto, en el acto compulsivo, enfermo, cuya finalidad es satisfacer fantasías mediocres y banales, estimuladas a través de la publicidad, para provocar, deliberadamente, la alienación y la pérdida de la libertad.

Allí, al lado de estas esculturas, en la distancia y la proporción adecuada para encontrarse uno mismo parte de ellas, no puedes evitar el ver reflejado el enorme fallo de nuestra sociedad  y  sentirte solidario y partícipe del esfuerzo y de la carga que ellas llevan, y que cada uno de nosotros, quizá inconscientemente,  también llevamos. Hasta este punto puede hacernos llegar la obra de arte.

A partir de esta constatación quizá podamos hacer nuestro el compromiso de Mariano Navares, del artista,  en favor de la libertad, en favor de una actitud vital ecológica y anticonsumista, haciéndonos sentir parte del cada vez mayor movimiento global de personas que se niegan a ser manipuladas.

                  Estellencs, Mallorca. Noviembre 2002

 

 

Mariano Navares

Alfredo Astort

Hierro en movimiento, ferrum, que cobra vida, palpita, tiene hasta aliento y solo le falta hablar; pero es mejor que permanezca silencioso porqué las palabras siempre están de más, todo lo complican, lo enredan y lo oscurecen. Es mejor expresarse con formas o con idéas, que es lo mismo, y con los símbolos que abarcan y sugieren: tan calladamente. Y es que el que calla no otorga ni concede, sino que denuncia .

 

 Mariano Navares, calla, solo expone, transmite a través de su obra lo que captan sus sentidos. Sus figuras están vivas, presentes, aún estáticas se contonean y cimbrean como las mujeres palmera, caminan a pesar de estar quietas, se ondulan y no son banderas; estan hechas de las personas con las que nos topamos cada día al doblar la esquina, a la salida del cine o del supermercado, saliendo del retrete y al estirarse para interpretar una de sus bien aprendidas personalidades a pesar de que las personalidades no son de nadie, ni de quien se apropia de ellas. Las personalidades son máscaras, corazas, que nos alejan de la espontaneidad primitiva y de la propia naturaleza. Y el hierro, mudo, critica, se dobla, se pliega, se alarga, se encoge, saca la lengua, hace pan y pipa, se enrosca, se contonea y se da la media vuelta; es un retrato de poses, de caparazones, de la rigidez y del encarcaramiento, de gestos que son posturas: es una instantánea revelada con nuestro mineral el hierro, una foto de la desorientada familia humana.

 

En el laboratorio de Mariano Navares se produce toda clase de combustiones. Está la quietud; detrás de ella la búsqueda de uno mismo: el regreso a los orígenes, y es que entramos por una puerta y por la misma regresamos a procedencia. El movimiento; una insinuación, quizás un presentimiento, el contacto con la propia respiración que conecta con el universo, una pincelada, la continuidad que se desprende de la calma, la ola continua y persistente que permanece. La forma que proviene del silencio y del movimiento; el uno que se desdobla en dos. El tejido de hierro: la materia prima, femenina, que proviene de las entrañas de la tierra; fardos de lata desechable comprimida, cuál tela, a la espera de un hacedor de pliegues. La infancia con todas sus costuras; ebulle en esa especie de alquimia. El calor humano que a veces congela; y también quema. La humedad que se desprende; la que se pega a los cuerpos para que deslicen: en el frotamiento, con la fricción. La tramontana que ventéa; sopla, bufa, enloquece. La tribu sobreviviente que permanece en las cavernas, que ahora son casas, conservando todos los miedos y asegurando hasta la muerte; es elculto a lo inservible. Y siempre los demás; los espejos de uno mismo. Ingredientes que son miles, hasta la forma de caminar es uno de ellos; y todos convergen.

 

El proceso de creación se inicia en los poros adentro; es viscerál. La temperatura es siempre la adecuada; haga frío o haga calor. Todos los ingredientes se incorporan en cadena, fluyen sin discriminación ni medida, en dósis suficiente, espontáneamente, por inyección natural y sin jeringa; como el día precede a la noche o la luz a la oscuridad. El hierro termina por moldearse a si mismo; a nuestra imagen y semejanza. Es un guiso incomprensible y desconocido en donde el plato finál surge inesperado en el momento oportuno: aparece. Sin agitar, sin revolver, sin que nada perturbe. El resultado está a la vista, servido, para quien posea un ojo de los de ver y dondequiera que lo tenga. Y es que la alquimia no tiene misterio. Es un proceso individuál en donde cada uno utiliza los talentos con los que está dotado, .... !y cada quien tiene los suyos!.